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La manzana envenenada

Viendo desde casa el (nuevo) culebrón del banquillo de la selección española de fútbol, me ha gustado reflexionar sobre el tema de la toma de decisiones estratégicas que tan de cerca nos toca a lxs entrenadorxs.

Le preguntaban a Antoni Daimiel, comentarista radiofónico sensato, quíen era el bueno, el feo y el malo de la película. Con la salida forzada por las trágicas circunstancias del míster, en Junio, Rubiales le ofreció la manzana envenenada al bueno de Robert Moreno. Si el mito de la serpiente tiene miles de años será porque esto de que te toque la ansiada lotería y, justo después, se te destruya la vida por completo, debe ser un modelo paradigmático, más que un cuento de hadas.

El feo, Luis Enrique -más bien el a veces antipático y otras carismático-, tomó la decisión de dimitir. Pero es evidente que fue una mala forma de gestionar un problema que no se sabía cuánto podía durar, lamentablemente. Entonces, el malo, Rubiales, le ofreció a Robert el cargo. Se casó prometiendo amor eterno (hasta la Eurocopa) pero con un "pero"... Dejando las puertas abiertas para que Luis Enrique, el rey que se sintió destronado por su propio príncipe, Edipo, volviera cuando se sintiera con fuerzas.

Moreno, el bueno -pardillo, tonto o incauto, como prefieran-, aceptó el regalo creyendo que era un acto de valentía y a partir de aquí la gestión del error es un náufrago pataleando en medio de un huracán; por mucho que te esfuerces no hay nada que hacer. El error objetivo, para mí, es de Rubiales, quién debió elegir entre dejar el puesto vacante y seguir con la temporalidad del staff, aún habiendo renunciado Luis Enrique, dado que había motivos para tomar su dimisión como una excedencia; y la otra opción, que era cerrar las puertas de su regreso, muy a su pesar. Quiso hacer las dos cosas sin atisbar que eran contradictorias.

Luis Enrique no tenía que haber dimitido, Moreno no tenía que haber aceptado y Rubiales no tenía que haber hecho nada: El "liderazgo transparente", con el que Zidane lleva 3 de 3 champions y que no deja de asombrarme.

En el capítulo anterior, Florentino hizo el papel de serpiente con el bueno de Julen Lopetegi, quién debió hacerle elegir: o te esperas al final del mundial, o te vas a por otro. El amor verdadero tiene paciencia, pero también celos.

Y como tantas veces en la vida, ninguno de ellos fue culpable: todo vino desencadenado por una triste situación familiar, que hace que se me ponga la piel de gallina al teclear este párrafo.

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Klopp insistió para que el hijo pródigo del Liverpool, Coutinho, se quedara. Pero cuando decidió marcharse, hizo borrón y cuenta nueva sin rencores. El niño se fue para ganar la champions... Y la ganó el hombre. En este episodio, comparándolo con la gestión del fichaje de Griezmann -el niño rico indeciso- o el no fichaje de Neymar -el jeta con talento-, también le golea por 4-0 el técnico alemán a Valverde (out).

 
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